19/8/2011

Secuelas

Para una introducción a la literatura cumberlandiana IV


[Propiedad exclusiva del blog Crónicas de Nuevo Songo, no reproducir]

Tomado de http://dirticity.blogspot.com/

Todo juego es en algún modo una reproducción teatral de la realidad, y toda recreación formal [arte] es en algún modo un juego, por su sentido recreacional; de ahí el valor trascendente y mistérico del arte, entre las que resalta —por la peculiaridad de su exigencia sintáctica— la literatura. De ahí también, entonces, que en la literatura como en ningún otro arte se reproduzcan los principios mismos de los procesos existenciales en su determinación; y que por ende, toda narración sea una exposición de la dialéctica [mecánica] interna de los fenómenos. La primacía de lo épico en lo literario no sería gratuita tampoco; sino que respondería a esa misma dialéctica a que se alude, puesto que al fin y al cabo todo fenómeno es una fuerza [determinante] y toda acción lo es de fuerza, siquiera existencial, porque se puede lo que se puede y lo que no, pues no.

No es de extrañar así que el juego en torno a El códice Thamacún significara el fin de Cuba Inglesa; que como un imaginario con valor propio, madura hasta su apoteosis en el nuevo modo de la literatura virtual. Vale recordar que, en la mejor tradición de la radio y telenovela, el argumento del Códice lo impusieron sus lectores; no sólo a través del modo explícito de la encuesta sobre personajes, sino incluso en la discusión abierta sobre sus episodios y argumento. La solución de El códice Thamacún implicaba entonces la consumación de todas sus determinaciones, como advertía ingenuamente desde el principio; y la resurrección de Inga, como el Apocalipsis de Juan, marcaba el fin, en tanto cumplimiento cabal de una era.

Sólo que como el caos es imposible no es entonces posible, y la caída de Cuba Inglesa significaría una reconstitución en otro orden; incluso si a costa de un pasaje sacrificial, que curiosamente reproduce al super clásico del drama crístico, con las negaciones de Pedro, la traición de Judas y las falacias paulinas incluidos; Constantino mira por el rabillo del ojo, sabe que para él es la liturgia que se celebra y se da su lugar todavía. No obstante, hay otros elementos en torno a este desenlace, y se refieren al nuevo orden; porque si la sabiduría existe es porque existen los sabios que le dan consistencia, ella —como se sabe— es un concepto y carece de consistencia propia. De ahí que, existiendo los sabios, recurre el axioma del trascendentalismo sumerio; y si la perfección significa la muerte porque es la presencia misma de Dios, entonces el sabio se niega a ese paso final del conocimiento perfecto.

La destrucción de Cuba Inglesa por el esplendor fulgurante de El códice Thamacún apuntaría así a la búsqueda de un Vetero Club; un grupo de [viejos] conocedores, que por serlo se niegan a pronunciar el nombre que buscan los cabalistas afanosamente. Inga resurrecta buscará ese club, que seguramente será de varones avejentados en su formalismo y verrugosos de ansiedad por la inestable existencia; que la mirarán con desconfianza, sin saber que ella tiene más derecho que ellos a la membresía que usurpan, porque es la sacerdotisa. Sólo que ella misma no lo sabe, ni siquiera recuerda que es resurrecta; de ahí la importancia clave de la reina con papel malamente reajustado pero siempre fundamental, como siempre lo fue.

13/8/2011

Vetero Club: ángeles, gigantes y titanes

Por Justin Case

Una lluvia fina los arropaba en un manto de silencio; una lluvia lo suficientemente sutil como para no hacer ruido, típica lluvia inglesa.

Élla divisaba los narcisos de un jardín en apariencia silvestre pero lo suficientemente ordenado como para que se notaran los dedos verdes de una mano diligente. Concibió aquella casa como un juego macabro de apariencias. Salvo el fuego que crepitaba nada se movía. Finalmente él estiró la mano y de la estantería de encima de la estufa alcanzó la "Naturalis Historia", de Plinio el Viejo.

"Dos e iguales son sus cabezas, una donde debería acabar la cola", leyó. "Como si no le bastase una boca para verter veneno", remarcó la frase con deleite degustando un Pomerol. Se sirvió otro trago.

Desde la debacle de la isla de Vindobona, o como se llamara aquel sitio de donde supuestamente procedía y del que al parecer había borrado todo recuerdo, Victorio Boadiceo al dejar el asilo de lunáticos en el cual estuvo internado se había refugiado en una casa de piedra blanca en la campiña de Inglaterra, en los Cotswolds, donde jamás recibía visitantes, dedicado exclusivamente a la meditación trascendental.

Cuando ella tocó a la puerta él sabía que vendría. No porque Inga anunciara su vista, que fue inesperada y que no la decidió hasta pocas horas antes, sino porque él intuía por medio de la ascedencia extracorporal, según sus propias palabras, que había llegado la hora de volver a la mándala que es el mundo. Él le dijo: "Soy sólo un orate converso al jainismo, aunque no practico". Tras una ausencia casi física de varios minutos volvió a hablar.

"Anphisbaena, también conocida como anfisbena, amfivena, anphine, anphivena o fenmine". Abrió un Bestiario del Medioevo igualmente extraído en la repisa. Era como si hubiese estado preparando la vista. Había algo demasiado extraño en todo eso. "Estamos ante uno de los grandes misterios universales".

 Iba a tomar el Libro egipcio de Los Muertos pero vaciló. Agarró otro volumen, el "Pistis Sophía", de Josán Cavalleiro. En lugar de leerlo, recitó, como si se lo supiera de memoria, teatralmente, que para los griegos la anfisbena había nacido de las gotas de sangre derramada por la medusa cuando Perseo le cortó la cabeza.

- Lo que no entiendo -dijo Inga intentanto restar gravedad a la representación- es la persistencia de la temática biserpentina en culturas de lugares tan distantes como Oceanía, Grecia y el mundo maya.

- Hay verdades para las que la historiografía oficial no tiene respuestas. Como la presencia del barbudo pelirrojo antes de la llegada del hombre occidental; como la existencia del maíz en Asia antes del descubrimiento americano; como la recurrencia del éxodo en la mitología hebrea, polinesia, griega, azteca, maya; como la omnipresencia de la pirámide; como el estudio de los ritmos astrales y las luminarias celestes. Todos los pueblos tienen un San Jorge y un dragón. Hay que leer a Herodoto y a Platón para saber que antes se levantaba el sol donde hoy se pone. La ortodoxia no responderá nunca a los enigmas, a menos...

- ¿A menos...?

Él calló por un rato ignorando la pregunta de la joven hasta que dijo: ¿"Toma usted por un hecho la desaparición del Neandertal sólo porque lo dice la ortodoxia científica?" para volver a sumirse en el silencio. "¿Qué sabe usted? ¿No es un ejercicio sano del pensamiento cuestionarlo todo? La memoria universal supera las culturas. Hubo una vez una raza de ángeles, gigantes y titanes."

- Usted es un hombre sabio. Usted tiene respuestas para las lagunas que nos deja la historiografía oficial. Usted seguramente sabe de la leyenda del Vetero Club. Usted ha tenido acceso al Códice...

- ¡Es suficiente!, la corto en seco Victorio. El nombre de ese libro no se menciona en mi presencia. Bastantes... rebuscó la palabra exacta... cataclismos ha traído ese... libro que ni siquiera existe".

- ¿Cómo algo que no existe puede acarrear cataclismos?

Una puerta que alguien abrió con brusquedad interrumpió el diálogo. Apareció la doncella, una mujer bastante gruesa que sostenía una bandeja con un servicio de té, scones, crema y mermelada de frambuesas.

La criada tenía una forma peculiar de moverse, un contoneo, una cadencia que no pasaba inavertida. "Es la hora del té, señor Boadiceo", dijo con aire imperativo y un meneo. "Y recuerde que luego del té es la hora de su psicoterapia". Con disimulo intentó borrar los rastros de crema de sus labios, la evidencia de que había estado comiendo scones minutos antes.

-Gracias, Reina, respondió, e intentando suavizar tensiones preguntó a Inga: "¿Qué té desea la señorita, Earl Grey, Lapsang, Darjeeling...?

- El que usted prefiera... contestó. Volviendo al tema de...

- ¿Cuánto de leche en el té?, preguntó secamente la criada mirando a Inga con el rabo del ojo.

- Un sorbo... y fría. Estamos en Inglaterra, Reina, no seas impertinente, respondió Boadiceo intentando evitar las siguientes preguntas con las que su doncella iba a incordiar a la visitante.

- Como quieran, insistió Inga Yo sólo deseo saber...

- Señorita, ha perdido usted su tiempo al visitarme. Disfrute del té y ya sabe dónde está la puerta. Dispense a un hombre enfermo, manifestó Victoreto.

- Disculpe usted, señor. Mi intención no era...

- Lo último que puedo decirle, si se digna a aceptar consejos, es que si procura información sobre el tema biserpentino, o el que sea -y es lo último que puedo decirle antes de retirarme- usted debe visitar París. Allí vive una dama que lo sabe todo. Búsquela. "Como si no le bastase una boca...", esa es la clave para hallarla. No más preguntas. Ahora perdone que me retire.

En el camino hacia la puerta, siempre bajo la rigurosa mirada de la doncella, Inga creyó percibir un monograma con la serpiente bicéfala y las iniciales VC discretamente representados a relieve blanco sobre la superficie blanca de un grabado antiguo de Perseo en la pared del recibidor. Reina se colocó entre ella y el grabado, mientras le alcanzaba el sombrero, la gabardina, los guantes y el paraguas, por lo que Inga se marchó con la duda a cuestas, pero decidió que esa noche volvería.

Cuando el señor y la doncella durmieran ella regresaría a examinar con detenimiento aquel grabado, aquel monograma, aquella casa.
...
Una dura luz de naipe era la luna. Pensó en el Poeta cuando la sombra de la casa se proyectaba en el jardín. No tuvo dificultades para forzar la puerta. Entró. Todo estaba vacío. Los ocupantes se habían marchado con prisa y aún quedaban rescoldos en la estufa. Un libro solitario aguardaba por ella: el Libro egipcio de los Muertos. Sobre él había una nota manuscrita.

"Señorita: hubo una vez una raza de ángeles, gigantes y titanes. Busque. Fútil fuego si no es de Prometeo."

De la serie Las aventuras de los Esforçados Cavalleros del Vetero Club

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El cuento de hadas del Bibliotecario, la princesa y el dragón


El Bibliotecario estaba tranquilo, intuía que el Manierista lo estaba en el cielo en que cocinaría eternamente para la reina; y a juzgar por el aroma que llegaba a las playas desoladas de Alejandría, debía estar muy ocupado con una receta nueva, algo como T-Bone Steak in Chocolate's Bitter Mushroons. Las ruinas se extendían a todo lo largo de la antigua West Havana, él era como otra ruina del barrio; pero una ruina viva y vivaz, como siempre, que recogía en su perfil el antiguo esplendor del lugar. Tenía que hacer algo para poblar sus días, siquiera en esa forma contemplativa de que se ufanaba; lo que no debía ser un problema, puesto que siempre había tenido algo que hacer, era cuestión de naturaleza. En lo que se le ocurría algo nuevo, tomó de la vieja biblioteca derruida un simple librillo de fairy tales; claro, ya conocía el argumento, pero el prólogo, escrito en tinta simpática y el famoso Código Rosa, era siempre la mejor parte del cuento.
Había un príncipe y una princesa, que eran dos príncipes o dos princesas, o all of the above; porque en realidad se trataba de que en su mutua atracción mutaban constantemente, con el sólo propósito de producirse y recibir placer puro en el cumplimiento de sus deseos. Había un dragón que no era dragón, sino una cueva donde vivía el dragón; la gente aterrorizada los identificaba, pero en la cueva vivía el alcalde desposeído de un antiguo ducado, que se dejó secuestrar por el dragón. El alcalde pensaba que llamando a un príncipe podía hacer respirable aquel ambiente del dragón, y por eso convocó a la cueva a uno de los dos príncipes; claro, recordemos que es Código Rosa, así que realmente pensó solazarse con la princesa, sólo que como la condición era intercambiable resultó convocando a uno de los dos príncipes.

El otro príncipe no quería que el primero se expusiera al fétido aliento del dragón en la cueva, pero el primero quería regalarle una joya que sólo podía acrisolarse en aquel fuego terrible; el otro príncipe persistía, pero no pudo resistir la galantería del primero, que a todo se exponía para regalarle una joya. Al fin y al cabo, concedió el otro príncipe, lo propio del amor no es consumarse sino ser amor; sus propias palabras retornaron a él, recordándole que las cosas existen por su propia razón y no de acuerdo a una circunstancia más o menos adversa. También al final, la princesa enclaustrada era como la nube de aromas de las especies del Manierista; era sólo el placer de los dos príncipes, era ella la amenazada por el dragón, y era lo que el primer príncipe iba a rescatar. Por eso, el otro príncipe se reclinó lánguido, a esperar la joya prometida; nada —pensó— como un corazón tornado de oro acrisolado por el enfrentamiento al fuego de la maldad, si como es cierto el Mal sólo existe para enaltecer la Bondad. El otro príncipe se tornó princesa, para ver la partida del primero en su armadura de plata; y aquí se terminaba el prólogo en tinta simpática y Código Rosa, porque era —más terrible que nunca— ¡El códice, Thamacún!.

Del blog Westh Havana in Exilium Tremens

Vetero Club: La Serpiente de Jaya Lea

Por Justin Case

La tenue luz artificial de la bóveda oculta del Museo Británico disimulaba a duras penas la turbación de Inga, quien sentía unas ganas tremendas de matar.

Sus ojos desorbitados no se apartaban de la reliquia que sostenía la doctora Pestillo, aunque hacía esfuerzos por serenarse. "En ciertas circunstancias todos podemos ser homicidas", pensó.

"Esta joya en forma de sierpe de dos cabezas es una representación de lo que ha llegado a nosotros como la amfisbena, que en griego significa 'ambos lados'", explicó Antonina Pestillo.

"Estamos ante una copia micénica de una pieza muy antigua encontrada en el siglo XIX, y hoy desparecida, en el monte Jaya, o pirámide de Carstensz, la montaña insular más alta del mundo, en Oceanía, y el punto más elevado entre el Himalaya y los Andes, lo que conforma una trilogía de carácter místico. Ya se sabe que la montaña es símbolo de Dios porque Dios vive en las alturas. Jaya es conocida como La Montaña Cerrada porque el acceso a ella es muy restringido.

"Jaya, además, en sánscrito quiere decir victoria, y Jaya se llama al núcleo central del Mahābhārata, la epopeya más larga y probablemente antigua del mundo, cuya tradición épica es la clave del hinduismo, el único sistema religioso del mundo clásico que se ha conservado vivo hasta nuestros días. Hay demasiadas referencias al brazalete en ese libro. Algunas teorías dicen que todo él es una alegoría del brazalete".

Absorta en su erudición, la doctora Pestillo casi no notaba la desazón de Inga, quien al fin había conseguirno serenarse un poco.

-¿Y qué hacía una joya de ese tipo en un lugar tan apartado?, alcanzó a preguntar.

-Los arqueólogos han tenido acceso casi nulo a la montaña, un área de frecuentes terremotos y catástrofes desde tiempos inmemoriales cuando, según las evidecias, hubo allí asentamientos humanos de una cultura sofisticada. Dicen las leyendas que allí habitó una civilización perdida. Pero el hallazgo de la alhaja está envuelto en el misterio.

"La joya encontrada en Jaya, además, es idéntica a otra que supuestamente perteneció a la dote de Lea o Lía, según el Génesis la primera esposa de Jacob y madre de seis de los hijos de éste, Rubén, Simeón, Leví, Judá, Isacar y Zabulón, a los que se atribuye el origen de seis de las doce tribus de Israel.


"Esta reliquia, que ha sido vista por muy pocas personas, es una copia clásica de la conocida modernamente como la Amfisbena de Jaya Lea, el emblema de una especie de logia, o sociedad secreta, que alguna vez habría existido y que hoy se le conocería con el nombre de Vetero Club".

Inga intentó sostener la pieza, pero desistió. Creía comenzar a recordar el origen de sus alucinaciones. Aquel monograma. "Lo que me sorprende es la recurrencia del símbolo de la serpiente de las dos cabezas, su persistencia a través del tiempo, en sitios tan distantes, entre culturas que no tuvieron contacto..."

Pestillo la cortó en seco, miró el reloj y devolvió el tesoro a su urna. "Sobre ese tema quien mejor puede hablarle es un escribidor de éxito que publica novelas populares, literatura de playa, pero llena de referencias arcanas, toda una suerte de código secreto para iniciados.

"Se puede decir que sus libros poseen dos niveles, o cabezas; siempre comienzan y terminan con una mordedura, y que más allá de sus intrigas superficiales contienen puertas cerradas con siete llaves. Un sustrato de algo... inasible para el hombre común. Él vive lejos; en Miami. Pero yo podría conseguirle el teléfono de Josán Cavalleiro a través de la editorial en Londres que tiene los derechos..."

-Cavalleiro está desaparecido. Lo acabo de leer en la prensa.

-En ese caso puedo conseguirle la dirección de otra persona que sabe mucho de esos temas y no tendría que salir del país. Pero ese sujeto, que estuvo internado en un manicomio hasta hace poco, no recibe visitantes.

"Y hay otro problema: él dice venir de una isla que sufrió un cataclismo. Su existencia está rodeada de misterio.

"Estará loco, pero de que sabe el hombre sabe".


De la serie Las aventuras de los Esforçados Cavalleros del Vetero Club

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9/8/2011

Vetero Club: Pistis Sophía

Por Justin Case

Consideró matarse, pero en lugar de hacerlo compró un pasaje Copenhague-Londres. Se dejó arrastrar por una multitud de todos los confines y emergió de la boca de la estación del metro de King Cross absorta en sus ideas tratando de olvidar aquella que la obsesionaba hasta el punto de considerar matarse.

Deseaba andar unos minutos antes de llegar a su destino. Alcanzó Judd Street, ordenó un café en una pequeña pastelería francesa con falso aire rococó mientras su mirada recorría los titulares del Times y se detenía en uno de ellos: "Desaparecido escritor de éxito en Nueva York". Dio un respingo.

Jasón Cavalleiro solía escribir bestselleres ocultistas llenos de simbología arcana. Acarició el lomo del libro de él que llevaba en el bolso, "Pistis Sophía". Siguió su camino hasta dar con la mole neoclásica del Museo Británico y entrar en ella. Le había vuelto la ansiedad que la desesperaba; la idea fija que la había traído hasta este sitio.

"¿Doctora Pestillo? Soy Inga", le extendió la mano a la mujer que tenía delante. Había concertado una cita con ella a través de un investigador danés experto en civilizaciones perdidas y pese a todo pronóstico Antonina Pestillo accedió a hablar con ella. La condujo a una recámara subterránea del museo. "Por seguridad". Cerró la puerta. Caminaron por un pasillo e indrodujo una clave en otra puerta. Otro corredor. Se dirigieron a una bóveda secreta.

"La serpiente bicéfala", empezó la doctora. "El denominador biserpentino ha sido objeto de estudios y toda suerte de conjeturas". Pestillo tenía un marcado acento del norte de España y un cabello oscuro recogido aunque largo como de virgen de pueblo. Inga redobló la atención. "En Mesopotamia se adoraba a Ningishzida, una serpiente bicéfala.

"En la Biblia, cuando el pueblo judío fue atacado por serpientes, Moisés mandó erigir una serpiente salvadora de bronce como le ordenó Yahev. Vemos ahí una dualidad: muerte y salvación. Las dos cabezas".
Inga se atrevió a interrumpir: "Con respecto al mundo antiguo, se dice que Cleopatra llevaba un áspid en el tocado y murió por la mordedura de uno ellos porque sólo un dios podía matar a una reina".

"Exacto", le contestó la española juntando las manos como quien ora, lo que le confirió aún más aura de advocación mariana parroquial: "Para los egipcios la serpiente era benéfica y maligna, sacra y profana, dual, como la Pistis Sophía de los griegos (poder-sabiduría): otra vez las dos cabezas.

"Seres como estos están también presentes en las mitologías americanas. ¿Ha visitado el Templo de la Serpiente Bicéfala, en Tikal? Asumo que sí pese a que todavía no me ha dicho cuál es su interés especial en el tema biserpentino".

Inga no se atrevió a contarle a la especialista que la visión recurrente de un ofidio de dos cabezas la obsesionaba hasta el punto de hacerla casi perder la única que ella tenía y querer matarse.

Para disimular su desasosiego, que crecía por segundos, cambió la vista que fue a posarse en una de las tantas reliquias que llenaban la estancia. Sintió un mareo. ¡La vio! ¡Esa era imagen que la obsesionaba! Un brazalete de oro en una urna de cristal representaba a la serpiente tal como se le aparecía en sus visiones aterradoras.

Al percatarse de la palidez de Inga la doctora Pestillo se enfundó las manos en guantes blancos; tomó, con cuidado extremo, aquella alhaja y comenzó a explicar: "Por tu turbación deduzco que ya sabes de qué se trata. Eres de las pocas personas que la ha visto. Es una copia griega de la célebre Amfisbena de Jaya Lea"... pero Inga no escuchaba, no veía.

Para entoces, ya era otra. Esas ganas de matarse se confundían ahora con ganas de matar. Había alcanzado un punto de no retorno, y lo sabía.

De la serie Las aventuras de los Esforçados Cavalleros del Vetero Club


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7/8/2011

Vetero Club: El Prófugo

Los guerreros duermen con las botas puestas, pero él no era guerrero ni calzaba botas y para más inri padecía de insomnio. Lo despertó el ruido del tren.

Miró el reloj. Los prófugos duermen con el reloj en la muñeca. Vio que había cabeceado apenas un par de horas.

Corrió la cortina y atisbó entre la nieve los arcos del puente que sostenía el ferrocarril. Midió con la vista una vez más los pasos que lo separaban de la escalera de incendios por si tenía que salir huyendo. El sombrero y la gabardina reposaban en la cama a su lado junto a una estola litúrgica con un monograma de símbolos arcanos.

 El tren rodaba interminable. Lo podía escuchar. Era una marcha marcial. Siseaba. Lo podía sentir. Se desplazaba por su pierna bajo el pantalón.

Despertó del todo cuando la serpiente de dos cabezas, una en cada extremo de su cuerpo, le clavó sus dos pares de colmillos. Alucinaba. Tenía que estar alucinando. El rastro espumoso del ofidio bifécalo indicaba que había reptado desde la puerta de la habitación de mala muerte en cuya cama esperaba ansioso el amanecer para subirse a un tren de Nueva York aferrado a una maleta de cuero repujado con el mismo monograma de la estola y las iniciales del Vetero Club, esa sociedad secreta, ese antiguo club de caballería según los registros oficiales desaparecido. Paralizado de terror, Jasón Cavalleiro, un escritor de éxito, supo que era el fin.

Pero era el principio.

De la serie Las aventuras de los Esforçados Cavalleros del Vetero Club


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