4/1/2012

El imperio del color naciente

Hoy es una flor, no cortada, contemplada en su propio silencio y su hechura perfecta; es otra cuenta en espera de esa promesa del momento en que adornarás al señor, que se prepara como un ejército poderoso.

Cuando Guillermo de Baskerville descubre la entrada a la biblioteca, no es el personaje de una novela de Humberto Eco; en realidad es la revelación titilante de una dialéctica escondida, en que un oscuro cromosoma muta, y la vida cumple otra estación. Es en ese momento que se abren las oraciones, todas, musitando el "abre Señor mis labios, y mi boca proclamará tu alabanza"; porque no se reza para pedir, sino para constatar la grandeza del mundo y el lugar perfecto que tenemos en él, incluso o sobre todo ese momentum que podemos vivir.

Hoy una flor azul trajó remembranzas de otro tiempo, que aún no ha sido pero que siempre ya ocurrió; el imperio de un color como el acto de la más encatadora prepotencia, en que un príncipe antiguo recibe el favor de las muchachitas del pueblo. En dos días más Dios se colocará el último atributo antes de recibir le ambajada del viejo mundo, a la que despedirá después con un gorgeo de bebé; ¿acaso eso no es suficientemente maravilloso? Debe de ser por eso que los antiguos achacaban a la obstinación la falta de fe, que es falta de encantamiento propio.

Más lejos llegaron aún los crueles del Antiguo Testamento, concluyendo que Dios cegaba a los que quería perder; sólo que el Cristo afirmó que "Todos estaban equivocados", incluso los que tuvieran razón, porque [¡este es el misterio!] Dios ciega a todos para que puedan sorprenderse con su belleza cuando les abre los ojos. En algún lugar de algún evangelio, a Jesús le muestran un niño ciego y le preguntaron quién había pecado, si él o sus padres; y Jesús les respondió que ni él ni sus padres, sino que era así para que pudiera manifestarse la Gloria de Dios, y lo sanó. ¿Ves?

Hoy la cuenta del rosario no fue el desgaste de una piedra preciosa ni el revoloteo de una moneda de oro en la oscuridad de un lago, sino una promesa arrancada con uñas y dientes por la serena belleza de una flor; que refrescó mi memoria con el recuerdo de los dos zafiros de tus ojos resplandeciendo en el pálido algodón con que refulgías ante mí, concentrando en ti mismo el Paraíso de los sufíes.